El poder de la palabra

November 6, 2019

El otro día fui a la librería El Río y el librero, al ver mi panza, comentó: "¡Ya se viene!". "Ay sí, qué horror"; me salió del alma comentar, aludiendo principalmente a las noches duras que se aproximan, al trabajo de parto y a todo el lado B de esta cosa hermosa llamada maternidad, aunque haciendo referencia también a lo grande e incómoda que ya se siente mi panza. "¿Por qué 'qué horror'?", me retrucó el librero, poniendo en evidencia que me había salido natural conectar con la parte difícil de lo que se viene. No supe qué contestarle; en cambio, me robó una sonrisa y me dejó pensando en todas esas frases que repetimos como autómatas, sin reparar en el poder que tiene la palabra. 

A raíz de esta anécdota, pensé en todas las veces que comentamos "qué envidia" ante novedades ajenas, especialmente las relativas a los viajes. Pienso que muchos usan la expresión ingenuamente y sin maldad, pero también creo que hay otras formas tanto más alegres de manifestar hacia el otro que, en definitiva, nos alegramos por él. Porque de eso se trata, ¿no? Y, si se trata de eso, de la alegría por el bien ajeno, entonces es paradójico hacer mención a la envidia, porque la envidia implica el entristecerse por el bien que no es propio. Hay tantas frases llenas de sentido y tanto más alegres, en nuestro querido castellano... ¿No es mucho más lindo celebrar una buena nueva con "qué bueno", "me alegro por vos", "qué placer"?

La anécdota con el librero me hizo acordarme también de una amiga que acaba de tener  su segundo hijo. Este se lleva menos de dos años con el primero. Cuando los vi interactuar, me llamó la atención el cariño y alegría con que el primogénito trataba a su hermanito, y se lo comenté. 

Mi amiga me explicó que tuvo que hacer un trabajo de hormiga con su marido para contrarrestar la energía de toda esa gente que, al enterarse del nuevo integrante de la familia, comentaba: "Uff, pobre tu primer hijo, la que se le viene...", y demás comentarios  que, en el fondo, transmiten el mensaje de que tener un hermano es algo duro, cuando es lo más natural del mundo. "Nosotros nos esforzamos para que el mensaje fuera otro: tener un hermano es el mejor regalo que le podíamos dar a nuestro primer hijo y esa línea quisimos bajar", me explicó mi amiga. 

De nuevo: no es que estos comentarios que nos hacen los demás -o que hacemos nosotros- sean malintencionados: solo creo que esas frases tienen más poderde lo que pensamos, y que estaría bueno animarse a desafiarlas y cambiar el discurso. Si quiero ser coherente con los buenos deseos que tengo para el otro y para mí, ¿cómo no empezar por lo más básico, que es el decir?

 

 

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