Amores extranjeros

July 6, 2019

Me acerqué y le dije: “Bon jour”. Rubio, alto, buen mozo, no me importó no hablar

francés, idioma que asumí era el suyo; grata sorpresa, respondió con un “Hello, miss.

I’m Ben from Australia”, y supe que todo iba a estar bien: no solo porque siempre tuve

una predilección por los hombres australianos (¿quién no?), sino porque amo el inglés, y

en especial si suena algo parecido al acento de mi querido Heath.

Él no se espantó de que hubiera sido yo, mujer, quien dio el primer paso, y así empezó

una de las mejores –y más breves– historias de amor de mi vida. Y es que, al salir con

un extranjero hay un aura de misterio y una atmósfera rosa y romántica que a nosotras,

víctimas de un bovarismo a lo siglo XXI, nos hacen caer rendidas a sus pies. Pero

además, las ventajas que tienen estas relaciones son muchas, y paso a relatar:

Mi aussie estaba en Buenos Aires por una semana, en la que nos vimos casi todos los

días. Me tocaba a mí organizar la primera salida. Buen desafío, pensé. Elegir un lugar

con onda. Llegar puntual. Entendí los nervios masculinos del, “¿a dónde la llevo?” y me

preocupé por ¿detalles? como el, “¿qué pongo en la radio?”. ¿Mi veredicto? No hay

nada más fácil que organizar un buen programa, lo cual no hizo más que acrecentar mi

impotencia ante el hombre argentino y su tendencia a invitarte a lugares trillados, pasar

a buscarte media hora después de lo pautado y sin haber hecha la reserva que es

menester.

En fin, así estuve con Ben toda la semana antes de que él volviera a su país. La química

fue mutua. “¿Chapa bien?” me preguntaban mis amigas, algo incrédulas: muchas habían

tenido malas experiencias con lenguas inglesas y suecas, o la falta de; soy pudorosa y

me reservo los detalles, pero solo les digo que el sobrestimado french kiss debería ser

rebautizado con el mote de “australiano”.

Listo, pensé. Qué linda historia, pero terminó. Lejos estaba de imaginarme que él me

iba a llamar todos los días religiosamente a las ocho am (hora argentina), porque sabía

que yo me levanto ocho menos cuarto; tampoco pensé que iba a mandarme regalos a la

aduana (admito que cuando tuve que fumarme cola de dos horas lo odié un poquito) o

ropa de su club para mis hermanos, “así ya les caía bien”.

Algo de Skype, mucho Whatsapp, empecé a freakearme cuando al tiempito empezó con

comentarios del tipo: “Le mostré tu foto a mi mamá” y el tan temido: “Bueno… ¿cómo

sigue esto? Tenemos que tomar una decisión”. Confieso que ante tantas demostraciones

no disimuladas de interés me brotó la histeria de la que intento renegar: hago mea culpa

y lo acepto, parece que la histeria no está en ningún ADN más que en el argento y yo

soy argentina hasta la médula, señor.

En mi defensa, habíamos salido solo unas pocas veces. ¿Por qué tanta intensidad?

“Tengo 30 años, yo ya sé lo que quiero y cuando lo encuentro no doy vueltas”,

argumentaba él. Insistió, el muy pillo. Me buscó y me encontró. Decidí callar esa

vocecita que me decía: “Ante tal intensidad, rajá”, y quedamos en vernos en un punto

medio: París. Pero antes me dijo de venir a Buenos Aires de vuelta, a visitarme por una

semana.

Chan.

Muchas veces, las relaciones internacionales fracasan por falta de timing; mi hermana,

por ejemplo, salió con un yankee que a las dos semanas le planteó cambiar de laburo y

mudarse para estar más cerca de ella. Si bien el planteo fue apresurado, es cierto que, si

la relación pretende tener un futuro, hay que sortear estos temas desde el vamos.

Entonces, es una lástima, porque así se boicotean muchas relaciones que de otro modo

hubieran funcionado.

Decidí relajarme. Pero la semana que Ben vino a Buenos Aires fue la más intensa desde

que nací, hace unos bellos y cada vez más lejanos 26 años (ouch). Por un lado, terminé

exhausta de la cantidad de programas y salidas y almuerzos y comidas y teatro y Cirque

du Soleil; pero además, estaba el temita –y el diminutivo es irónico– del idioma. Lo que

empezó como: “Che, qué sexy es el acento australiano”, terminó en la verdad ineludible

de que mucho colegio bilingüe, muchas horas frente a series yankees o viajes a NY,

pero es difícil ser uno mismo en inglés. No importa cuán bien lo manejes, llega un

punto en el que uno necesita, simplemente, hablar su idioma original. Hay expresiones

que no se traducen. Hay chistes y términos y códigos que no se pueden explicar.

Pero el verdadero drama era cuando estábamos en grupo. En la Argentina no estamos

acostumbrados a estar entre amigos y tener que hablar en otro idioma porque en la

ronda también hay gente alemana, china, francesa, iraní. Mi grupo se agotaba de tener

que hablar en inglés todo el tiempo y cuando optábamos por el castellano me sentía mal,

porque ahí estaba Ben, mirando al techo y fingiendo entender una conversación de la

que no cazaba más que “hola” y “gracias, amigo”. Con suerte.

Mi entusiasmo se agotó. Necesitaba mi espacio. Relajarme. Que se fuera. Gritar. ¡Ni

siquiera cuando estoy en pareja veo tanto a mis novios! Pero además, ya al final estaba

claro que él estaba más enganchado que yo. ¿Cuál fue el problema? No lo sé. No quiero

sonar a la letra de una canción de amor berreta cantada por una rubia teñida (¡Hola,

Britney!), pero es cierto que el amor no se cuantifica en razones; se da o no se da.

Me rompió el corazón tener que romperle el suyo. Nunca nadie me había tratado tan

bien. Atento, generoso, lo mejor es que para él ser caballero y respetuoso era 100%

natural. “No concibo otra forma de tratar a las mujeres. Disculpame, pero en la

Argentina están malacostumbradas”, sentenció.

Al final, con Ben we never had Paris. No me enamoré. Pero quise compartirles la

historia porque me sirvió para saber que allá afuera hay hombres que valen la pena, de

esos que nos tratan con la caballerosidad que nada tiene de machista, con apertura

mental... Que no se escandalizan ante una mujer que, cerca de los 30, elige estar soltera,

porque todavía no se enamoró. Que no pretenden que vos sepas cocinarle, porque ellos

lo saben hacer. Claro, no todo es perfecto, y las diferencias culturales que al principio

son un afrodisíaco mayor que el bleff de los mariscos a la larga pueden alejar a las

personas, porque hay ciertos códigos y valores que sí es importante compartir.

Pero además, si todo funciona, las opciones son dos: tener una relación a larga distancia

(cuyos vericuetos quedarán para una nota futura) o que alguna de las partes emigre.

Pero, ¿quién? Vivir afuera esta buenísimo, pero no es para cualquiera. ¿Y mi trabajo?

¿Y su familia? ¿Y el dulce de leche…?

Un gran combo son los argentinos que uno conoce cuando viaja o que viven en el

exterior; gente que entiende tus códigos y principios, pero que a la vez conoce otros.

Nada más sexy que ver a un potencial candidato desenvolverse en otro idioma y cultura,

porque eso habla de que es maleable y abierto. Lo que sí no tolero son los argentinos

que por vivir un par de años afuera reniegan de sus raíces y hablan pestes de su país.

A la larga, la conclusión es que no importa de dónde sea la persona. Idiotas hay en todas

partes, y aunque aún no sé dónde, escuché que todavía hay caballeros en nuestro país.

Sin embargo, en una época en la que cada vez viajamos más (intercambios, masters y

demás), coincido con una tal Virginia Woolf cuando afirma que "as a woman I have no

country. As a woman, I want no country. As a woman, my country is the whole world".

A bajar la ansiedad, muchachas, y a sacar el pasaje, porque en el mar hay muchos peces

y podemos enamorarnos en cualquier rincón.

 

Ilustración: @minadurian

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